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escrito por Esteban Granero

Si el matón de Shane Stant hubiera reventado con la barra de metal la pierna de Nancy Kerrigan después de los campeonatos americanos, hablaríamos de venganza. En ese caso, Tonya Harding habría perdido una vez más, la definitiva, y decidiría el ataque junto a su marido y su guardaespaldas, quienes cerrarían el trato con Stant. La cólera de la derrotada se aplacaría en el momento que el metal encontrara la pierna de Kerrigan. Los gritos de dolor traerían paz y justicia al espíritu de Tonya Harding.

Pero el crimen se produjo antes de los campeonatos americanos, de manera que Nancy Kerrigan no pudo siquiera competir en ellos. La única maldad capaz de adelantarse a la escena y desatar tal violencia en frío es la envidia. Al contrario que la venganza justiciera, la envidia opera en el terreno de la imaginación y la subjetividad.

Porque no conseguir nuestros objetivos es frustrante. El fracaso en cualquier intento genera desilusión y apatía, y ni siquiera los más fuertes son ajenos a ello. Pero el problema mayor, el fuego interno y la cólera, surgen cuando son otros quienes triunfan frente a ti. A nuestro fracaso viene a sumarse el éxito ajeno. El triunfador nos demuestra que el reto era posible y nos encara con nuestra derrota. Posee una contra argumentación para cualquiera de nuestras excusas, lo que puede terminar siendo más de lo que uno puede soportar. La envidia es por tanto un proceso unidireccional. Nace de nuestra visión subjetiva del éxito del otro, que no tiene por qué saber siquiera que existimos.

El deporte es un caldo de cultivo excelente para la envidia. El carácter concreto y claro de las metas, la sobreexposición pública de la competición, las abismales diferencias de reconocimiento y atención entre el ganador y el resto, el desbalanceado número de perdedores respecto al único héroe victorioso y la precocidad de la mayoría de los deportistas despiertan sentimientos de envidia más o menos tolerables con asidua frecuencia. Debemos desconfiar por supuesto de la “envidia sana”, un oxímoron en toda regla, una contradicción impostada bajo la que se encuentran las peores pasiones.

En la ficción literaria, El talento de Mr. Ripley de Patricia Highsmith es la novela que, en mi opinión, nos presenta a la envidia de manera más profunda y realista. Lo hace envolviéndonos en una trama laberíntica que se desarrolla en Mongibello, el idílico pueblo costero italiano imaginado por la autora. El mayor éxito de esta novela es que en algún momento, al igual que el envidioso Ripley, todos querríamos ser DickieGreenleaf.

“Pero durante la mayor parte del tiempo, él era Dickie, discurseando en voz baja con Freddie y Marge, y a larga distancia, por teléfono, con la madre de Dickie, con Fausto; cambiando impresiones con un compañero de mesa al que desconocía, conversando en inglés y en italiano, con la radio portátil de Dickie encendida por si algún empleado del hotel pasaba por delante de su habitación y, sabiendo que estaba solo, le oía hablar, tomándole por un chiflado. A veces, si en la radio se oía alguna canción de su gusto, Tom se ponía a bailar a solas, pero lo hacía como si fuere Dickie bailando con una chica, dando pasos largos, pero con cierta rigidez de movimientos. Una vez había visto bailar a Dickie en la terraza del bar de Giorgio, con Marge, y también en el Giardino degli Orangi, en Nápoles. No era precisamente un buen bailarín. Tom disfrutaba de cada momento, a solas en la habitación o callejeando por Roma, alternando el turismo con la búsqueda de un apartamento. Le resultaba imposible sentirse solo o aburrido mientras fuese Dickie Greenleaf.”

                                                                               El talento de Mr. Ripley. Patricia Highsmith

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1 comentario

Javier21 16/02/2019 - 12:53

Me apunto la recomendación. Saludos pirata!

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